jueves, 29 de marzo de 2012

La Honestidad

   Esta bitácora no versa únicamente sobre la elegancia externa, más visible y plástica, sino que pretende abarcar también otros extremos que afectan a la parte más interna del ser humano.


   Los acontecimientos presentes invitan a hacer un análisis,... una profunda, realista y concienzuda reflexión acerca de lo que alguien debe hacer. No tanto el cómo cuanto el qué, no tanto la forma cuanto el contenido. Y muchas veces a esto último se responde exclusivamente haciendo uso de los valores de los que cada quien disponemos.




   A este respecto es importantísimo, absolutamente necesario, más bien, hacer gala de u concepto fundamental: la honestidad. Y me permito, sin tener yo excesivo conocimientos en las ramas más metafísicas y abstractas del saber, hacer una definición "a contrario sensu", es decir, partiendo de conceptos muy similares pero que en mi opinión no llegan a ser sinónimos de "honestidad" a un nivel absoluto. 


   Es muy habitual escuchar que alguien es bueno, o justo, u honrado, o humilde,  o empático. Y a veces se dice que es honesto cuando en realidad se está haciendo mención a una faceta de las anteriores. Así, hay que discernir entre honestidad y:
   


- Justicia → La justicia es lo que impide el doble rasero, procurando que a situaciones iguales se le apliquen criterios iguales. Busca igualmente que una norma o deber se cumpla, y que un derecho no se conculque. Pero la justicia en sí misma no contiene un criterio emocional, es decir, necesita de la equidad o de la comprensión para evitar que una aplicación rigurosa del criterio más justo acabe siendo contraproducente para el fin que persigue. 


- Sinceridad → al igual que en el caso anterior, la persona que dice todo lo que piensa, pero no piensa lo que dice, puede herir innecesariamente los sentimientos del vecino. Igualmente, suele acontecer que quien se dice sincero suele encajar muy mal las críticas, y suele adolecer por añadidura de carencia de sinceridad en los momentos donde es más necesaria.



- Honradez → supone hacer el bien sin mirar a quien, y no tomar lo que no corresponde. No obstante, se puede incurrir en injusticia, porque una persona honrada puede estar gastando energía y buenas intenciones en alguien que no lo merece, en detrimento de alguien que sí, si se deja llevar por la empatía o por una intensa compasión, de tal modo que a dos situaciones iguales, se disculpará al que nos cae bien o nos despierta simpatía, y no tanto a quien no provoque en nosotros esas sensaciones.

- Humildad → es básica para saber pedir disculpas, cosa que a veces ni siquiera hace falta (ya que basta con reconocer el error, e incluso muchas veces es suficiente enmendarse y no reincidir), y asumir los propios errores. Sin embargo, una persona absolutamente humilde corre el peligro de caer en servilismos que poco o nada tienen que ver con la honestidad. Nadie tiene derecho a pisarnos, y no debemos consentir que eso ocurra.


Cartel de la película "Un dios salvaje" (2011)


   Tirando de fonética, alguien honesto será alguien honrado y justo, a partes iguales, dando por sentado una humildad en su justa medida. Y ello ha de servirnos, no sólo para conducirnos por la vida, sino también para saber evaluar cómo se conducen las personas con las que nos relacionamos, evitando a los falsamente quedos (en román paladín, las "mosquitas muertas") y nunca dejando de lado a gente íntegra que evita destacar por una sincera y franca modestia. 


   Por último seamos coherentes y, si nos consideramos personas honestas que gustan de compartir su opinión libremente, respetemos la misma libertad de quienes comparten una opinión distinta. En la inmensa mayoría de los casos, una discusión tiende a que las partes se enroquen en su postura y, en vez de prestar atención a los argumentos o aclaraciones del otro, se obcequen en conseguir que el otro reconozca "su error" en su modo de pensar, sentir o actuar. Mi consejo en estos casos es una frase que oía en mi infancia a menudo: "cada uno en su casa y Dios en la de todos".


   Como siempre, en el medio está la virtud.





lunes, 26 de marzo de 2012

¡Protesto, Señoría! Hay que observar el Protocolo.

   El mundo judicial está lleno de normas protocolarias, tanto desde el punto de vista legal como simbólico. Las vistas y los procesos, siguen un procedimiento y unos pasos específicos, pero no es de este aspecto más legal del que haré una aproximación hoy, sino de la otra faceta, más formal, que está recogida con total extensión en el Reglamento de honores, tratamientos y protocolo en los actos judiciales solemnes.

Salón del Pleno del Tribunal Supremo

   En primer lugar, acuñemos conceptos. Magistrado es, generalmente, el que forma parte de un Tribunal, esto es, un órgano colegiado, mientras que Juez es el que desempeña la labor de juzgar en solitario. Y ello incide en los tratamientos, ya que, a tenor de la norma citada, tienen tratamiento de:

- Excelentísimo Señor (Excelencia): 
el Presidente, Vicepresidente, Secretario General y Vocales del Consejo General del Poder Judicial, los Magistrados del Tribunal Supremo, el Presidente de la Audiencia Nacional, los Presidentes de los Tribunales Superiores de Justicia y los Presidentes de Salas de lo Contencioso o de lo Social en una provincia.   
Ostentarán también este tratamiento el Presidente y Magistrados del Tribunal Constitucional, así como los condecorados con la Gran Cruz (antiguamente denominada Cruz Meritísima) de la Orden de San Raimundo de Peñafort.

Su Majestad, con los atributos de Magistrado,
incluido en Gran Collar de la Justicia, a cuyo uso también tiene derecho
el Presidente del Tribunal Supremo en los actos de mayor solemnidad

- Ilustrísimo Señor (Señoría Ilusrísima):
los Presidentes de Sala (con la excepción recién vista), los Presidentes de las Audiencias Provinciales y los Magistrados (salvo los de los Tribunales Constitucional y Supremo).
Ostentarán asimismo este tratamiento los agraciados con la Cruz de Honor de la Orden de San Raimundo de Peñafort, que tiene consideración de Encomienda con placa.

- Señoría:
los Jueces (salvo los de Paz, que sólo lo ostentan en el ejercicio de sus funciones jurisdiccionales, pero no fuera de ellas) y los poseedores de las Cruces Distinguidas de Primera y Segunda de la Orden de San Raimundo de Peñafort, equiparadas a Encomienda sencilla y Cruz, respectivamente.

Cruz Distinguida de la Orden de San Raimundo de Peñafort

   El estrado se compone de tarima y una mesa en herradura, o una mesa presidencial y un estrado a cada lado, donde el centro lo ocupa el Tribunal (en cuyo caso el Secretario se sienta en el brazo que queda a derecha de éste) o el Juez y el Secretario. Las partes ocupan los estrados, en general, el Fiscal y parte actora el brazo a izquierda del órgano judicial y el Abogado en el brazo a la derecha del mismo. En cualquier caso, a mayor cercanía al órgano jurisdiccional, mayor precedencia, y por eso los Procuradores (cuando es preceptiva su personación) se sientan más cerca que los Abogados.

   Los Jueces, Magistrados y Magistrados del Tribunal Supremo, disponen de medalla y placa. Todas son iguales, salvo que las de los Jueces son plateadas, las de los Magistrados son doradas y las de los Magistrados del Tribunal Supremo tienen esmalete en los campos del escudo. Además, en cada una aparece una cinta con la palabra "Juez", "Magistrado" o "Magistrado del Tribunal Supremo".

Escudo del Consejo General del Poder Judicial

   También los Vocales y Secretario del Consejo General del Poder Judicial ostentan medalla y placa, que se diferencian de las anteriores en que son totalmente esmaltadas, y en que el símbolo no consiste en un escudo partido, sino en dos óvalos oscilantes hacia fuera.

   Por último, el distintivo más judicial es la toga, y no sólo para órganos judiciales, quienes pueden vestirla en actos jurisdiccionales y actos solemnes (pero no fuera de ellos salvo para cumplimentar al Rey), sino también para Procuradores, Fiscales, Graduados Sociales y Abogados. Sin embargo, mientras que las togas de éstos y las de los Jueces son absolutamente negras, las de los Magistrados tienen vuelillos o puñetas en blanco, al igual que los Secretarios Judiciales o los Fiscales de Primera y Segunda Categorías.

Dibujos de modelo de las medallas (anverso y reverso) y placas
que figuran como Anexo al Reglamento 2/2005.

   Aconsejo el acudir a los Juzgados de su ciudad para presenciar una vista cuando se admita Audiencia Pública, y poder apreciar estos pequeños detalles. Pero espero que no tengan que acudir nunca como partes que ocupan estrado, salvo que sea su profesión.

   Como siempre, en el medio está la virtud.




martes, 20 de marzo de 2012

Cabeza, tronco... y ¡extremidades!

   ¿Qué es lo primero que nos enseñan, en lo tocante a la elegancia corporal? Que hay que tener una postura recta, sin encorvamientos (tronco). ¿Y lo siguiente? Que ha de mirarse a los ojos del interlocutor, que no se pueden hacer muecas, que la cabeza no es una campana de pregonero y debe estarse quieta, ... (cabeza). Pero lo que nunca se resalta lo suficiente es la importancia que tienen los brazos y los piernas, y por añadidura, las manos y pies.


   Nuestros gestos, no sólo faciales, delatan nuestro estado de ánimo, las sensaciones que despierta en nosotros una conversación, y nuestro grado de seguridad en nosotros mismos y en lo que hacemos. Se suele dar un consejo preocupante, por demasiado simplista y general, de "no gesticular", lo cual es un error: más de una vez será aconsejable y aun necesario hacer un determinado gesto. Una cosa es mesurar la intensidad de los gestos y otra muy distinta, aunque pudiera no parecerlo, suprimirlos en su totalidad. De ser así, el único gesto que se admitiría sería el saludo.

Celebérrima imagen de Carme Chacón en la que un cruce de piernas elegante se convierte,
por obra y gracia de la manipulación digital, en un ejercicio de dislocación contorsionista.

   Efectivamente, igual que no puede hablarse a voz en grito ni tampoco en un susurro inaudible, sino a un volumen medio de voz, del mismo modo una persona que actúe como un carrusel será tan reprochable como una cariátide de carne y hueso. Y además del mayor menor vigor en los gestos, hay algunos que están, podría decirse, prohibidos por el Código Penal (algunos pueden llegar a estarlo en realidad, si se consideran ofensivos, lesivos o amenazantes, pero sé que nadie que lea esta bitácora incurriría en tales ejemplos) como señalar en medio de una concurrencia, balancear un zapato en la punta de los dedos o calzarse y descalzarse intermitentemente, taconear repetidamente por frío o inquietud, o cruzar las piernas de un modo aparatoso (salvo que se sea Sharon Stone y se esté rodando “Instinto Básico”) y no cruzarlas nunca en un ambiente religioso. 

Sin duda, este gesto tiene una explicación, pero así visto, se antoja bastante desagradable.

   Sin embargo, a veces unos gestos incorrectos desde el punto de vista del encanto más purista, pueden llegar a alcanzar gran éxito, aunque nunca la elegancia, eso está claro. Un buen ejemplo es Julio Iglesias, quien desde su victoria en el Festival de Benidorm no tuvo más remedio que aprender a usar todo su cuerpo al cantar, pues le habían cosido los bolsillos, dada su tendencia a meter en ellos las manos cuando estaba nervioso, y que luego acabó fregándose el estómago con cada "Hey". Curiosamente de ese mismo festival procede Rapahel, otro buen ejemplo del empleo hiperbólico de la manos, y de quien mi abuela siempre dijo "Hay que escucharlo cantar, pero no verlo cuando canta".


Vídeo donde se habla de los problemas de Julio Iglesias y Raphael con sus gestos... 
y se contempla un desagradable e incomprensible error de protocolo (minuto 02:30)


   Y, por último, recordemos que los gestos no son iguales en todas las culturas ni países. Y no sólo me refiero a saludos o gestos en sí mismos considerados, sino también a aspectos más protocolarios. Así, mientras que en el continente, las manos se deben colocar sobre la mesa durante toda la comida, y los antebrazos también se puede -los codos, jamás-, en Reino Unido y Estados Unidos la mano que no se usa puede posarse sobre el regazo.

   La regla estrella es la distinción, la mesura, la naturalidad (como opuesta al enquilosamiento) y la simpatía. Un saludo agradable y sutil con la mano no será nunca criticado, ni tampoco un elegante gesto de apoyar un tobillo sobre otro para estar más cómodas o de cruzar la pierna para estar más cómodos.

   Como siempre, en el medio está la virtud.



miércoles, 14 de marzo de 2012

Comunicando...¿qué?

   Estamos acostumbrados a escuchar que hay que comunicar bien, de un modo creativo, inteligente, sin faltas de ortografía (si el canal de transmisión es la palabra escrita), escogiendo cuidadosamente los colores y logotipos...

Cada color sugiere una sensación, que a su vez pretende transmitir un información.

   Todo esto está, sin duda, fantástico. Pero me temo que cada día se da más importancia al "cómo" que al "qué", de tal modo que incluso se da el paradójico resultado de que el "cómo" llegar a anular o contradecir al "qué". 

   Estos días se está hablando mucho (y lo que queda, por lo visto) de la nueva campaña de una firma de moda. Pese a carecer de conocimientos de ese mundo, máxime si me comparo con gente de la talla de mis idolatradas Di por Dior y Gratis Total, y no siendo el mío un cuaderno de bitácora sobre el tema, puedo comprobar que algo ha salido mal en esa campaña. Si bien es cierto que hay opiniones antagónicas, porque como en todo siempre hay alguien a favor y alguien en contra, y sin entrar en las intenciones empresariales o mediáticas de la casa, una cosa está clara: no queda claro el mensaje. No se sabe si se quiere ampliar mercado entre sectores de la población específicos, si se quiere romper con la trayectoria del sello y darle un nuevo enfoque o si, simple y llanamente, se quiere llamar la atención. Y ello ha desembocado en un persistente goteo de críticas donde da rotundamente un varapalo a la imagen de la empresa.

Hay que tener muy claro que la finalidad principal, junto con la comunicación del mensaje,
es la percepción del mismo y la respuesta del interlocutor.

  En cualquier caso, la moraleja es que a la hora de planificar una comunicación (sea transmisión verbal o escrita de un mensaje, sea la realización de un evento o se revista el contenido de un modo simbólico) hay que tener presente, ante todo, el mensaje. Si queremos vestir una mesa con adornos, candelabros, buena mantelería, etc., hay una pieza fundamental, "sine qua non", y es... efectivamente: ¡la MESA!.

   Con la comunicación pasa exactamente lo mismo. De nada sirve debatir largamente los colores, el logotipo, el grosor del papel, las luces, la altura del escenario, el número de pancartas, ... si no tenemos claro qué mensaje hay que transmitir. De lo contrario, estaríamos poniendo el mantel, los candelabros y la vajilla directamente sobre el suelo. Y eso es, cuando menos, ridículo.



El anuncio que ha suscitado debate entre prensa especializada, autores de bitácoras, 
opinión pública en general y, lo más importante, clientela (desorientada y defraudada)

   La mitología griega da ejemplos de mensajes mal transmitidos que acarrearon incluso muertes innecesarias. Egeo, padre de Teseo, había acordado con su hijo que si éste sobrevivía al Minotauro y volvía con vida a su casa, las velas del barco que lo devolviese a él debían ser blancas. Teseo volvió con vida pero se olvidó de cambiar las velas, y su padre, al ver las velas negras, se precipitó (nunca mejor dicho) al mar en su desesperación y se ahogó. Y la muerte de Píramo y Tisbe (que "mutatis mutandis" repite Shakespeare en "Romeo y Julieta") es otro caso claro de que la primera impresión es definitiva, y de que muchas veces es imposible paliar los daños.

El color de las velas determinó el fatal desenlace de un rey mitológico.

   Así, pues, sin miedo a morir pero sin olvidar tampoco lo grave que puede ser un error de comunicación, tengamos siempre presente el mensaje, el receptor (individual o colectivo), el canal y la forma... por este orden. Porque de nada sirve una hermosa e impactante campaña visual si el público receptor es ciego. Y de nada sirve un mensaje positivo que, al ser transmitido, pueda llevar a críticas y volverse negativo. Nuestras madres son, en ese sentido, unas asesoras de comunicación natas: "Hay que pasar las cosas por aquí (señalando la frente) antes que por aquí (señalando la boca)".

   Como siempre, en el medio está la virtud.

   

   


martes, 28 de febrero de 2012

Casi no quedan parejas elegantes.

   Veo las palabras de Chritsopher Plummer a su esposa, en su discurso de agradecimiento por el Oscar a Mejor Actor de Reparto y repito inconscientemente una frase muy oída y muy cierta: ya no quedan parejas como las de antesAún a riesgo de parecer carca, y plenamente consciente de que voy a recibir críticas feroces, atroces y voraces (lo cual no me importa demasiado porque soy “muy así”, como diría Mafalda), tengo una sentencia que dictar: estamos ante una polarización extrema en las relaciones. Y, lo más grave, ninguna de las dos clases es elegante.

Christopher Plummer, agradecido a su esposa, estatuilla en mano

   Por un lado tenemos la clase de cortejo más primitiva, bizarra y cazurra, enfocada casi en exclusiva a la apariencia y buscando compañía en el sentido más vacío, sin preocuparse por la compatibilidad emocional. Antiguamente, este tipo, vasto y desagradable, se circunscribía a ámbitos determinados, pero hoy se puede contemplar en cualquier lugar, clase social o entorno. Incluso en los medios de comunicación hay programas dedicados exclusivamente al solaz esparcimiento de estos especímenes. Por lo general, son personas que gustan vestir descocadamente, mostrando sus atributos físicos y que utilizan lenguaje poco (o nada) elevado con su pareja, y muchas frases hechas que oyen en esos mismos programas. Sí, es todo un ejemplo de círculo vicioso.
Logotipo de uno de los programas a los que me refiero.

   Además, obedecen a ciertos clichés nada favorables, no sólo desde el punto de vista de la elegancia, sino ya en lo tocante a conciencia y autoestima sociales: los celos, la posesividad, el machismo, la promiscuidad selectiva (“yo puedo relacionarme con quien quiera, pero pobre de mi pareja si lo hace”) y, como base de todo eso, el egoísmo y la discriminación. A este respecto, es preocupante (al menos, tal es mi parecer) que un miembro de la pareja tenga carta blanca para hacer lo que se le antoje y que el otro miembro tenga que aceptarlo de plano o se tenga que conformar con ridículos premios de consolación. Sin duda, lo grave es que el otro se conforme y, efectivamente, acepte estas condiciones.

Pareja empalagosa en público.

   En el otro polo, están los que llegan a niveles alarmantes y saturantes de empalago y reiteración. Que nadie se engañe, este extremo es igual de peligroso que el anterior, porque perpetúa unas determinadas conductas disfrazándolas además de un  romanticismo presuntamente positivo, que en realidad carece de contenido. ¿Cómo reconocer a este segundo tipo? Es muy sencillo, ya que “por sus actos los conoceréis”. Son personas que hablan engoladamente, usando palabras cursis, pertrechados con regalos “de película” (rosas rojas, osos de peluche o algo que tenga forma de corazón como colgantes, pulsera, gemelos, dibujos de la corbata, pegatinas en el móvil, …), que siempre están manifestando su amor en público, y que no demuestran ningún tipo de trato especial a su pareja, es decir, que tratan igual a toda persona que ocupe ese puesto.

Típicos símbolos de amor que de tan repetidos devienen en fúitles, inanes, fríos.

   Una cosa fascinante, sobre todo en lo tocante a esto último, es que no llaman a su pareja por su nombre de pila o por un apodo exclusivo, propio, sino por motes NADA originales (cariño, tesoro, cielo, cuchicuchi, bichito, …). Francamente me maravillo de la cantidad de gente que gira la cabeza cuando alguien grita en plena calle “¡¡Cariño, espera!!”... es como si todos estuviesen emparejados con todos. Así pues, propongo que cuando su pareja les llame algo así por primera vez, le corrijan inmediatamente diciendo: “No me llames -menciónese aquí el mote de marras- ¿o acaso estás saliendo con el 95% de la población?”.

   Cuando alguien quiera seducir a alguien, o alguien esté siendo seducido por otro, analicen bien la estrategia que se sigue. Daré ahora consejos para, gracias a sencillos gestos y datos, descubrir a una posible pareja indeseable o, si nos vemos reflejados en ellos, asumir que los indeseables somos nosotros. Fíjense, sobre todo, en:

Julia Roberts y Patrick Bergin, en "Durmiendo con su enemigo" (1991)

-  que la mirada de quien está pretendiendo sea limpia y franca, sin que sea huidiza, pero tampoco invasiva.
-  que sus gestos sean mesuradamente tímidos y mesuradamente seguros. Una excesiva seguridad implica soberbia, y una excesiva timidez puede significar un cambio abrupto de personalidad cuando la pareja esté afianzada.
-  que la actitud respecto de su espacio vital no sea demasiado opresiva, lo que sería dato inequívoco de posesividad. Es lógico que quieran estar junto a la persona que les gusta, pero con limitaciones.
-  que las demostraciones de afecto, si son en público, sean mínimas y en todo caso correctas. Lo contrario implicará, con total seguridad, que estamos a una persona celosa que puede llegar a ser peligrosa.
-  Que los regalos o detalles sean realmente detalles, es decir, que si su color favorito es el azul, les traigan una bufanda azul y no amarilla (salvo que les vaya a hacer juego con otra cosa que ya tienen, pero que NO ha sido también regalo suyo... lo contrario puede ser síntoma de obsesiva manipulación). Los regalos excesivamente onerosos suelen conllevar una oculta inseguridad de quien los regala y los mencionados regalos “de película” denotan falta de implicación emocional o de originalidad.
-  que deje que la relación lleve y adopte su propio ritmo. Un acuciante interés por conocer su casa, padres, amigos, etc., no es buena señal. Del mismo modo que una negativa tajante e indefinida a que Ud. conozca su casa, padres, amigos, etc., puede suponer que esté Ud. perdiendo el tiempo,… como mínimo.

Max de Winter (Laurence Olivier en el cine) demuestra cuán
malo es fiarse de las apariencias en la obra de Daphne du Marier.

   Obviamente, todo lo anterior no son reglas matemáticas, sino pequeños trucos de análisis que deberán aplicarse con juicio y sin paranoias. Se supone que todos tenemos una especial habilidad (incluso científicamente demostrada en algunos aspectos) para percibir una mayor o menor compenetración con los demás. ¡Usémosla!. En resumen, no hay nada como la naturalidad. Si alguien nos gusta o le gustamos a alguien hemos de hacer uso de los nervios lógicos, disfrutar ese momento de vacilación “le gustaré, no le gustaré, le gustaré”, y procurar mostrar y ver la verdadera forma de ser de cada uno. ¿Que sale todo bien?... maravilloso... ¿que al final no cuaja la historia?... maravilloso también, y aplicamos lo de “cero al cociente, y bajamos la cifra siguiente”.

   El amor, la atracción, el emparejamiento, es algo tan hermoso, que nos hace sentirnos tan vivos, que no debemos estropearlo ni dejar que nos lo estropeen. Las personas con conductas soeces, tensas, empalagosas, angustiosas, apremiantes, insensibles, que nos impiden disfrutar del cortejo, deben ser erradicadas “ipso facto” de nuestras vidas. El tiempo es demasiado valioso para perderlo y, sobre todo, puede que si mantenemos estas situaciones insanas, acabe siendo demasiado tarde cuando hayamos decidido desembarazarnos de ellas.

   Como siempre, en el medio está la virtud. 


lunes, 20 de febrero de 2012

Los Premios Goya 2012.

   En este análisis de la ceremonia de entrega, la vigésimosexta para ser más exactos, de los Premios Goya, una vez más, no me centraré en cuántos Goya ha recibido cada película, ni en quiénes han sido los premiados en cada categoría, ni mucho menos en si el galardón es o no merecido, en su caso. Para eso hay personas mucho más preparadas que yo y es su labor, en la que no me pienso inmiscuir (lástima que los demás no tengan esa consideración y sí se entrometan en las funciones de protocolo, imagen y organización de los profesionales en estos ramos). Mi evaluación versará sobre la elegancia en esta gala, distinguiendo para ello dos facetas: una de la que es responsable la organización, y otra que afecta a los asistentes.


   Antes de la entrega propiamente dicha, y como suele ser en estos casos, hay que hacer especial mención a la “alfombra roja”, como ayuda para un primer examen de la etiqueta de los invitados y de los aspectos más espontáneos del protocolo y organización, puesto que siendo el pistoletazo de salida y no habiendo bambalinas tras las que esconder los errores, se aprecian éstos en toda su magnitud. De hecho, se pudieron ver múltiples carreras de los miembros de la organización, que además iban ataviados de una manera demasiado descuidada, a mi modo de ver: sin duda, las ayudantes no pueden llevar vestidos largos, pero para eso se inventaron los uniformes, pienso yo, para evitar que cada una vaya de una forma distinta, y nada acorde a la naturaleza del evento.

Michelle Jenner, una de las más elegantes de la noche.

   Aunque en las últimas ocasiones la alfombra era verde por motivos publicitarios, este año se ha recuperado nuevamente el rojo, y sobre la misma hicieron su entrada los actores, directores, productores y demás convidados. En general, desde el punto de vista de las exigencias de vestir que conlleva un evento nocturno, las aplaudo a ellas en su mayoría, y reconozco el esfuerzo de muchos de ellos (aunque otros optaron por camisas negras, chaquetas de colores -verde o marrón-, corbatas en vez de pajaritas o incluso pajaritas de colores -azul o granate-). Obviamente, hay excepciones como Isabel Coixet o Benito Zambrano, que no respetaron la etiqueta en absoluto, como sin duda era su intención.

   Ya en lo tocante a la ceremonia de entrega, y partiendo del escenario, se respiraba un acertadísimo interés por dar la envergadura que el evento requería. Una decoración exquisita que combinaba lo clásico del fondo con lo moderno de los atriles, de líneas curvas y minimalistas.
Eva Hache, en el magnífico escenario donde tuvo lugar la entrega de los premios.

   El punto de partida consistió en una amena actuación musical de la conductora de la gala, Eva Hache, junto a varios actores y actrices, después de la cual vinieron las palabras (y chistes) de bienvenida y apertura de la ceremonia. Personalmente, me gusta que en un evento de cine, se hable de cine, dejando a un lado las críticas políticas, aunque en este caso el enfoque de los chascarrillos centrándose en la crisis me pareció comprensible y aceptable. No obstante, me sigo preguntando por qué es necesario que en los guiones o discursos de humor se usen tonos inapropiados... por qué hay que usar un lenguaje chabacano y en ciertos casos, escatológico (un término de este estilo se repitió hasta tres veces a lo largo de la noche). Me parece totalmente inmaduro, poco original y, obviamente, de mal gusto.

   En cuanto a las entregas de premios, propiamente dichas, alabo la decisión de suprimir los guiones entre los entregantes, por dos motivos: porque casi nunca se los sabían y era nefasto verles quedarse en blanco o confundirse, y porque así se agiliza el ritmo de la gala ya que, como siempre hay algún galardonado que se extiende en sus agradecimientos, se compensa de este modo ese tiempo. Debo destacar, por su elegancia y corrección, a Martiño Rivas que introdujo del siguiente modo el video de los nominados: “Y ahora es el turno del Goya (…). Éstos son los finalistas”, en lugar del menos grácil Paco León, que en su caso dijo “Y ahora vamos al Goya (…). Los finalistas son...”. Parecerán menudencias, pero la percepción que se tiene sobre la profesionalidad o distinción de uno y otro es opuesta.

Cayetana Guillén-Cuervo y Quim Gutiérrez, elegantes presentando a los nominados.

   Dentro de los galardonados, en general se cumplió con la etiqueta. Como nota curiosa, la premiada con el Goya a Mejor Diseño de Vestuario, era sin duda de las peor vestidas: americana y leotardos negros con lentejuelas. Fue satisfactorio que uno de los agraciados con el Goya al Mejor Guión Adapatado reconociese divertido que se ponía traje por primera vez desde su Primera Comunión, o la preocupación de José Coronado por haberse roto el botón de su chaqueta. La elegancia en el vestir demuestra la importancia que el invitado concede al evento, y si los miembros de la industria audiovisual española no respetan sus propias ceremonias, no pueden pretender que desde fuera de la profesión, o de España, sea tenido su trabajo en cuenta.
Raúl Arévalo, con un esmóquin de corte moderno (véase el escaso largo de la chaqueta).

   Los discursos fueron, en líneas generales, correctos y breves. Pero siempre hay alguien que da la nota. Unos por querer ser demasiado reivindicativos o hacer promoción de sí mismos, por ser exageradamente sobreactuados, de fingida emotividad, o sencillamente cursis, otros por abruptos, de malos modos, revelando el egoísmo de la persona galardonada, todos ellos deberían quedar para el recuerdo de lo que NO se debe hacer. Repito, fueron la excepción, aunque los hubo. Hago una mención especial, por su profesionalidad y humildad en su discurso, a Juan Pedro de Gaspar, Goya a Mejor Dirección Artística, saludando a su familia “con el permiso de la audiencia”.


Vídeo donde se aprecia el grandioso escenario y la inapropiada indumentaria de 
Isabel Coixet, quien parecía haber sido atacada por una jauría de lobos de camino a la gala.


   Valoro muy positivamente detalles como que los sobres no estuviesen cerrados a cal y canto, que en categorías con varios premiados hubiese una estatuílla para cada uno,  que el discurso institucional fuese pronunciado por tres personas restándole monotonía (aunque ignoro por qué tuvo lugar después de haber entregado ya algunos Goya, como quitando importancia a esas categorías), y que la presentadora hiciese burlas apropiadísimas sobre el mismo, y que poco a poco vayamos consiguiendo dar una imagen más relevante de estos premios por medio de la elegancia de los asistentes (casi todas fueron de vestido largo y casi todos de esmóquin).

   Valoro muy negativamente que alguna todavía no sepa cómo sostener el vestido para bajar o subir escalones (María León se remangó la falda hasta la cintura), que los premios supuestamente más importantes a Mejor Dirección y Mejor Película fuesen entregados por personas que no llevaban la vestimenta adecuada (Isabel Coixet en el primer caso y Saura en el segundo) y que la ovación al Goya de Honor fuese tan tímida y, como siempre, sin ponerse en pie.
Tradicional foto de familia con los galardonados y entregantes.

   Poco a poco, parece que se quiere dar a los Goya el reconocimiento que merecen como “La gran noche del cine español” dando más importancia formal a la parte “gran noche”, de modo que se controla cada vez más lo peor y menos elegante de la parte  “cine español”. Vamos por el buen camino, pero aún queda por hacer.

   Como siempre, en el medio está la virtud.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Premios y distinciones: una correcta ceremonia.

   Como contrapunto a las galas de entrega de premios de cine o música, están las de reconocimiento de un mérito con carácter oficial. Me refiero a los nombramientos como hijo predilecto o adoptivo, graduaciones académicas, medallas de oro, condecoraciones, doctorados honoris causa, ...

   Se organizan más bien como un acto de mayor o menor solemnidad que se celebra generalmente en la sede del ente otorgante (Gobierno, Ayuntamiento, Paraninfo universitario, …) o lugar tradicional al efecto. En estos casos, suele haber uno o pocos premiados y la entrega va precedida de la lectura del acta donde el órgano describe los motivos que ameritan el premio y la decisión formal de su concesión.

El actor Javier Gutiérrez, con su galardón como "Ferrolano del Año",
flanqueado por los Alcaldes de Ferrol y Lugo

   Como el órgano suele ser colegiado, lo más usual es que haya una mesa presidencial donde se sienta la representación de ese órgano, a la que se dirige el premiado para recoger su galardón. Lo más correcto es saludar a todos los miembros de la mesa, dejando para el final al presidente de la misma, que suele ser quien hace entrega física del premio o diploma (o imposición, en caso de medallas o bandas).

   Aprovechando que ya sabemos de antemano quién es el premiado, podemos optar porque se siente en una butaca o estrado que, sin estar junto a la mesa presidencial, sí puede ubicarse en la misma tarima o escenario. Otra posibilidad es reservarle un sitio de honor en la primera fila de butacas, aunque en este caso estaremos obligándolo a subir las escaleras o la rampa, con los riesgos que ello conlleva en estos momentos de nerviosismo y emoción, agravados según la edad del sujeto. Lo que no es adecuado en este tipo de ceremonia es mezclar a los premiados entre el público, ya que no hay sorpresa en su nombramiento, que ya es conocido “a priori”, sino solemnidad en la entrega del galardón o la imposición de la medalla o insignia.

Paraninfo durante un Doctorado "Honoris Causa". Se puede var que Doctorando y Padrino
ocupan un lugar destacado a la izquierda de la tarima.

   Otro tema a tener en cuenta es el premio en sí. Si se trata de una medalla, insignia diploma o banda, no habrá mayor problema, puesto que no se trata de objetos pesados ni voluminosos, pero cuando se entrega una estatuilla, trofeo o placa, el engorro que ello ocasiona al premiado se antoja contradictorio con el fin de homenaje del acto en sí. Para eliminar este tipo de óbice, se puede decidir:

-  o bien no se entregan los premios, sino que se colocan todos sobre una mesa a la vista de los premiados y del público y aquéllos los recogen al finalizar el acto o se les hacen llegar a su domicilio posteriormente.
-  o bien se hace la entrega, habilitando una mesa auxiliar donde depositar el premio provisionalmente o se dispone de una persona o grupo de personas que se encargue de recoger el premio de manos del premiado (que ha vuelto a ocupar su sitio), de su custodia y posterior entrega al premiado respectivo.


   En los premios Príncipe de Asturias, por ejemplo, se hace acertadamente un combinado de ambas, y los premios destacan en una mesa situada tras el atril en la que permanecen estáticos toda la gala, aunque a cada premiado se le entrega en mesa presidencial un diploma.

   En todo caso, es primordial que la solemnidad se respete, puesto que premiar implica un homenaje a una persona o institución por una buena labor, por algo en beneficio de la comunidad que lo agasaja, o por un descubrimiento que merece ser celebrado. Aunque no podemos llegar a un nivel de estricta severidad que incomode a los galardonados o a los asistentes, si con una mala organización, o con un desarrollo farragoso del acto, diluimos esa solemnidad lógica y necesaria, estaremos malogrando simultáneamente ese homenaje presumiblemente merecido.

   Como siempre, en el medio está la virtud.