¡Ya estamos en verano!
Más concretamente, desde las 23:05 horas del día 20 de junio. Es
decir, no estoy diciendo nada nuevo. Tampoco descubro el pan de molde
si digo que ha habido estos días una ola de calor asfixiante. Y
tampoco puede considerarse revolucionaria la afirmación siguiente:
la temperatura influye en el estado de ánimo. Pero que sea sabido no
quita que sea igualmente cierto y digno de consideración, puesto que
todos los avatares, y la meteorología es uno de ellos, pueden
determinar la elegancia con que nos mostremos o actuemos, sobre todo
cuando las condiciones son extremas.
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Vinilo de "Las cuatro estaciones", de Vivaldi |
Por aquello de llevar la
contraria al calendario (así de beligerante puedo llegar a ser),
empecemos analizando la elegancia en condiciones de frío y lluvia.
Sólo en "Desayuno con diamantes" una persona calada hasta
los huesos puede conservar cierta apostura o gallardía... y ni aun
así. Porque es frustrante salir a la calle con un buen peinado, un
buen abrigo o gabardina y un buen paraguas, y que al entrar en
algunos vórtices cósmicos de aguacero y viento (los cruces entre
dos calles suelen alojar estas turbinas) todo termine sacudido,
empapado, encrespado, consiguiendo además que tengamos aspecto entre
resfriado y furibundo. Y ¿no es genial que la gente que usa gafas,
al entrar en un local cerrado, vea cómo en cuestión de tres
nanosegundos se empañan las lentes como si estuviesen en una sauna
finlandesa? Aunque todo tiene su lado bueno, y un mercurio bajo
mínimos también nos permite usar bufandas, guantes, sombreros, que
llevados con estilo, nos devuelven esa distinción y esa calidez
invernal tan paradójica y atractiva.
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La famosa escena de "Desayuno con diamantes" (1961) |
Pero por si no fuera
suficiente, pasada la etapa gélida y lluviosa, aparece ante nosotros
una nueva amenaza: el calor. Las altas temperaturas hacen
que nos aflojemos corbatas y camisas, que nos quitemos zapatos o
americanas (¡prohibido!), o que rompamos el equilibrio entre
chaqueta o chal y vestido. Y ya no hablemos de la sudoración, que a
veces se reduce a las axilas, pero otras provocan torrentes en la
columna vertebral o en el torso, que traspasan los tejidos. Para eso
también hay vías de solución y, como en el caso anterior, se puede
mantener a raya al calor sin perder ni un ápice de elegancia, sino
que es más, se puede ganar (y mucho) en distinción: usando
un abanico, por ejemplo, en el caso de las señoras. En la
Armada, de hecho, existe un uniforme específico de verano, en
blanco, y que en mi opinión es el más bonito de todas las Fuerzas.
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S.A.R. el Príncipe de Asturias, recibiendo honores de ordenanza con el uniforme blanco (verano) de la Marina Española. |
Los locales pueden ayudar
a evitar estos desaguisados regulando su temperatura. Y no es baladí,
la cuestión. Hay que buscar una temperatura confortable en los
eventos y en las oficinas. Y confortable no es asarse de calor en
enero con un termostato a 26º y tiritar de frío en verano con un
huracán de aire acondicionado a 18º. No puede ser que alguien que
viene abrigado de la calle (y que no se puede quitar todo al entrar
en el banco o en Correos) tenga que soportar cómo los oficinistas
están en mangas de camisa, lo cual ya es un horror, mientras se va
cociendo en su ropaje invernal. Y tampoco es normal que alguien que
entra con tejidos veraniegos empiece a temblar y ponerse azul ante un
funcionario que se ha puesto un jersey o una funcionaria parapetada
con chaqueta y pañuelo al cuello.
Es importante, no sólo
desde una perspectiva de estilo o de comodidad, sino también
analizando el asunto medioambientalmente. Aunque en la calle haga
frío, en un edificio cerrado y lleno de personal la temperatura es
más elevada "per se", con lo cual la calefacción no
necesita estar al nivel de un horno industrial. Y aunque en la calle
haga mucho calor, al entrar en un edificio siempre hace algo más de
fresco, y existe ropa de verano que los trabajadores pueden usar
(manga corta, tejidos finos, ...) de tal suerte que no hay por qué
gastar en un aliento gélido procedente de Groenlandia a través del
climatizador.
Lo que no puede ser es
coger un constipado por salir a la calle fría sudando tras haber
hecho un trámite en una oficina, o por entrar en una oficina con
escarcha con atuendo de verano para ir por la calle.
Como siempre, en el medio
está la virtud.