Anoche,
Londres se convirtió, oficial y definitivamente, en la primera sede
olímpica triple, es decir, la primera ciudad en albergar por tercera
vez unos Juegos Olímpicos. La Ceremonia inaugural, que comenzó a
las 22'00 horas con absoluta puntualidad, constituyó simultáneamente
el punto final de la Olimpíada y el punto de partida de los Juegos
Olímpicos.
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Fuegos pirotécnicos sobre el estadio olímpico para festejar el magno evento |
Tras una primera fase recreando la
campiña inglesa, y con una espectacular transformación del espacio,
se llegó a una recreación dickensiana de la revolución industrial,
que sirvió muy inteligentemente como hilo argumental para la forja
del último aro, el cual se elevó hasta completar, junto a sus
cuatro compañeros, un símbolo olímpico del que saltaban chispas,
literalmente.
El
sentido del humor también hizo acto de presencia de la mano de Rowan
Atkinson y de Daniel Craig. De hecho, para la entrada solemne de Su
Graciosa Majestad, Isabel II, se hizo uso de un cómico vídeo donde
James Bond recoge a la soberana y la escolta en helicóptero hasta el
estadio. Momento distendido que dio lugar a una de las escenas
climáticas de la noche: recibimiento oficial de la Reina por parte
del Presidente del COI, e izado de la bandera de Gran Bretaña
mientras un coro de niños sordomudos entonaban el himno “Good save
the Queen”. Isabel II ocupó su lugar en la presidencia del palco
de honor, junto al Presidente del Comité Olímpico Internacional,
segunda autoridad en precedencia del evento.
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Isabel II, ovacionada al ocupar su puesto presidencial en el palco |
Mucha
música británica (y alguna que no lo era, pero que sonó
igualmente) durante toda la ceremonia, y varios homenajes e
intervenciones de personalidades destacadas de Reino Unido fueron
nota común y lógica de los distintos movimientos, habiéndose de
incluir en este grupo no sólo personas presentes, sino también ya
desaparecidas o incluso ficticias como Mary Poppins o la Reina de
Corazones.
Todas
las actuaciones terminan llevando inexorablemente a otro
acontecimiento crucial: desfile de las delegaciones de deportistas.
En total, desfilaron 204 países, encabezados por Grecia
(prerrogativa que ostenta por ser la cuna histórica de los Juegos
Olímpicos). Las delegaciones hacían su entrada por el nombre de
cada país en orden alfabético inglés, lengua de Reino Unido, país
sede, cuya delegación fue la última en acceder al estadio, en tanto
que anfitrión. Cada delegación iba acompañada de su bandera, que
se entregaba a un voluntario para que la hincase en algún punto de
una colina artificial, y de un niño con una especie de cuerno de la
abundancia, cuyo protagonismo se adivinaría más adelante. España
desfiló en 172ª posición, siendo abanderado un sonriente y
orgulloso Pau Gasol.
Finalizado
el desfile (en el que destaca que, por primera vez, en todas las
delegaciones sin excepción hay presencia de atletas femeninas), y
durante una actuación musical, decenas de ciclistas ataviados con
alas luminosas recorrieron la pista del estadio, en clara alegoría a
la paloma de la paz. Posteriormente, otro momento solemne de la
noche: los discursos del Presidente del Comité Organizador, del
Presidente del Comité Olímpico Internacional y, finalmente, las
palabras de la Reina dando por inaugurados los Juegos.
Sólo
faltaban los últimos y necesarios pasos, ya puramente olímpicos: la
bandera, portada por personalidades de probada valía y calidad
humanas, irrumpe en el estadio y es llevada al pie del mástil más
alto, donde se iza al son del himno olímpico. Sólo resta la llegada
del fuego sagrado, salido semanas atrás del Templo de Hera, en
Grecia. La antorcha, a bordo de una lancha, y custodiada por David
Beckham, llega por el Támesis a las inmediaciones del estadio, donde
es recogida por el penúltimo relevista. Mientras éste la porta
hasta el estadio, en el seno de éste tienen lugar los juramentos
olímpicos de una atleta, un juez y, por primera vez, un entrenador.
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El original pebetero |
La
antorcha hace su entrada triunfal y siete jóvenes atletas,
designados a tal fin por igual número de olímpicos británicos
veteranos, toman en siete antorchas el fuego y lo acercan, en el
centro del estadio, y rodeados de todas las delegaciones de
deportistas, a los 204 cuernos de la abundancia que llevaban los
niños durante el desfile y que ahora se encuentran al final de otras
tantas: da comienzo un reguero de 204 llamas olímpicas que,
súbitamente, empiezan a cerrarse y juntarse hasta dar lugar a una
gigantesca llama. Y se llega al final con “Hey, Jud”,
interpretada por Paul McCartney.
En
mi modesta opinión, y más allá de una escenografía cuidadísima,
unos tempos perfectamente marcados y un mensaje histórico y
didáctico de autobombo (como suele ser habitual), las partes
creativas de la ceremonia se me antojaron algo extremas: ora se
narraba con excesiva lentitud los acontecimientos históricos, ora se
buscaba la emotividad de un modo un tanto descarado. Aunque cada tipo
de público pudo entender y disfrutar partes aisladas de la velada,
faltó en cierta medida un mayor carácter universal en la
transmisión del mensaje global.
En
definitiva, lo mejor fueron las partes más solemnes y simbólicas,
las naturalmente olímpicas, y la base musical, que dotó de mayor
energía una representación por momentos lánguida y plomiza. Si
bien técnicamente fue una ceremonia impecable, no gozó, a mi
juicio, de la espectacularidad de anteriores aperturas, ni despertó
en mí sensaciones ni emociones distintas de las previsibles.
Como
siempre, en el medio está la virtud